Ha vivido toda la vida rodeado de viñas, un paisaje en el que Pedro Ferrer (Barcelona, 68 años) se siente a gusto. Es allí, en la casa familiar de La Freixenada, en Sant Joan de Mediona (Alt Penedès, Barcelona), donde comenzó la historia de Freixenet y donde cita a EL PAÍS. Le acompaña durante la conversación su hija Gloria, que dejó el arte para trabajar en la bodega junto a su hermano Pedro, un apasionado de la agricultura, que también cultiva y comercializa ajíes peruanos. El otro hijo es jardinero en California, otra tierra donde los Ferrer tienen arraigo vinícola. Fueron sus padres, Josep Ferrer y Gloria Noguer, quienes en los años ochenta montaron una bodega —Gloria Ferrer Wines— en Carneros, en el condado de Sonoma (California). Entre 1986 y 1994, abandonó Sant Sadurní d’Anoia para trasladarse a Estados Unidos, donde estudió Enología y Viticultura en la Universidad de California Davis —previamente se había graduado en Economía en la Universidad de Barcelona e iniciado en Enología y Viticultura en la Politécnica de Madrid—. Allí presidió la delegación de Freixenet en Estados Unidos y la bodega Gloria Ferrer.
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