Los espermatozoides de la mosca de la fruta son gigantescos, los más grandes de la naturaleza en relación a su tamaño. El macho de Drosophila melanogaster rara vez supera los 1,8 milímetros de largo. Sus espermatozoides miden lo mismo, 1.800 micras. Y no fabrica uno, sino miles, que se apelotonan en la vesícula seminal a la espera de toparse con una hembra. Tras la cópula, el problema lo tiene ella. Estos miles de células espermáticas acaban en las espermatecas y el receptáculo seminal. Allí están hasta dos semanas antes de llegar al útero y culminar esta fecundación en diferido. Ambos órganos son más cortos que un espermatozoide. ¿Cómo hacen las moscas para que no se enreden y se líen las colas? Una teoría planteada en los años setenta del siglo pasado y que está en la base de la era del plástico ha servido para encontrar la respuesta.
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