En el Neolítico, hace más de 10.000 años, el hombre ya comía gachas. Aquel rudo Homo sapiens había conseguido previamente reproducir algunos cultivos básicos de gramíneas y leguminosas silvestres que, una vez molidas toscamente y cocidas en agua o leche, se convirtieron en el primer alimento cocido de la historia de la humanidad. La gacha es, pues, la elaboración clave de aquella primera revolución agrícola y ganadera. Observado con la perspectiva que nos dan milenios de historia de la alimentación, la gacha es un elemento civilizador esencial en la medida que pone en evidencia los avances culturales y tecnológicos del hombre en aquel primer intento por moldear su entorno. Cuando alguien desayuna porridge en Dublín o celebra una fiesta popular con gachas de almortas en Valdepeñas, está repitiendo ese gesto ancestral e imprescindible para la vida que es absorber la energía que proporcionan estos carbohidratos, aun a riesgo de poner en peligro la propia vida.
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