Revocada la inhabilitación de Marine Le Pen y creada una sentencia ad hoc para condenar sus prácticas pero permitirla concurrir en las presidenciales, queda palmario que los movimientos totalitarios no necesitan detentar el mando gubernamental para deteriorar nuestros sistemas, sino que les basta constituir un lobby mediático poderoso para erosionar las reglas sin vencer. Asistimos al divorcio entre potestas y auctoritas viendo cómo la judicatura prefiere suavizar dicha resolución a convertirla en una mártir entre los suyos y allanar una victoria del Frente Nacional. Si malo es pensar que incluso los delitos pueden volverse hazañas que alimenten la hagiografía de estos líderes para sus votantes, peor es reparar en la pendiente resbaladiza que supone despojar a nuestras democracias de su capacidad operativa ante tales excesos. Con cada concesión, como aquella paradoja del montón de grano, quitando uno a uno, un día quizás nos preguntaremos cuándo dejamos de tener un montón.
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