Christian Escribà (Barcelona, 65 años) es uno de los maestros pasteleros más famosos del mundo. En su caso, de casta le viene al galgo, ya que su padre, Antonio Escribà, ya era una leyenda del sector y uno de esos apellidos que pesa como una colección de pianos de cola. Ese ingente legado hubiera podido aplastar a un Christian que ya de muy joven decidió que quería hacer lo mismo que su progenitor. “Siempre tuve un plan B y era un plan B extremadamente sólido: conseguir que no fallara el plan A”, dice con una sonrisa, sentado en una mesa de su icónica tienda de la Gran Vía de Barcelona. Si Mark Twain decía que los dos días más importantes en la vida de una persona son los días en que nace y el día en el que descubre por qué, Escribà tiene claro cuándo recibió su respuesta a la segunda pregunta: “El día que le dije a mi padre que quería sacar adelante el negocio familiar que habían empezado los bisabuelos. Ya no había marcha atrás ni hacían falta dudas ni alternativas. Yo tenía 18 años y la decisión estaba tomada”.
Seguir leyendo