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Había una vez

today19 Luglio 2026

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Había una vez un tiempo en el que parte de la humanidad había perdido la fe en que volverían a suceder cosas tan buenas como las que habían sucedido, cosas tan extraordinarias como Six Feet Under, The Americans, Breaking Bad, Mad Men, Better Call Saul, Succession, Fleabag o After Life. Aparecían cada tanto artefactos prometedores que se degradaban rápido —The White Lotus, The Bear—, y se celebraban otros intolerables. Corría 2026 y, en esa tierra yerma, cuando parecía que nada iba a suceder, sucedió. La historia de dos hombres que se hacen amigos a una edad en la que casi nadie hace amigos nuevos, rozando los cincuenta o más allá. Se la presentaba como comedia negra, pero no era comedia, no era negra. Era algo delirante, un turismo por zonas no exploradas. Había sexo un poco perverso, barbaridades dichas con la calma de quien da el pronóstico meteorológico, bondad y depresión, dos cosas aberrantes en un mundo paranoico que ya no creía en la bondad —nadie era bueno en esos años, ser bueno era algo pasado de moda y la gente usaba el sarcasmo como sinónimo de inteligencia—, y en el que la depresión, lapidada bajo el dogma del “pensamiento positivo”, era algo repelente. Ahí, a ese universo, llegó DTF St. Louis, una serie que parecía rodada por un discípulo de David Lynch y Terrence Malick, muy contenido por el Rob Reiner de Cuenta conmigo. El extraordinario Jason Bateman destilaba con sutileza un bajo fondo incomodísimo, el increíble David Harbour manifestaba una frustración de tono bajo, la estupenda Linda Cardellini miraba a los investigadores que la interrogaban acerca de un crimen diciendo una y otra vez, maquinalmente: “¿Puede hablar más alto?”. La serie era triste pero, como las canciones tristes, daba felicidad. No era buenísima por comparación con la mediocridad que la rodeaba: era buenísima porque era buenísima. Como el amor y las tormentas de verano.

Scritto da: webmaster

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