Si alguna vez al trinchar una pieza de pollo se le ocurre preguntarse por el tipo de vida que habrá tenido el ser que está a punto de deglutir, esa duda tiene un origen: Peter Singer. Hace ya más de medio siglo que el filósofo australiano abrió la puerta a nuestra consideración por los animales en Liberación animal (1975). Singer no ha dejado de señalar las atrocidades a las que sometemos a millones de animales y ha ido nutriendo de cuerpo teórico a los animalistas. Sin embargo, la cifra no deja de aumentar: unos 70.000 millones de animales terrestres nacen y mueren cada año en la ganadería industrial. A Singer le atormentan además otros asuntos: la emergencia climática que ignoramos con descaro —como abordó en Un solo mundo. La ética de la globalización (Paidós, 2003), Ética para el mundo real (Antoni Bosch, 2018)— o la miseria en la que vive buena parte de la población mundial —Salvar una vida: cómo terminar con la pobreza (Katz, 2009)—, lo que le ha llevado a fundar una alianza que otorga un sello a las empresas que donan parte de sus beneficios a buenas causas. Singer es, en definitiva, un referente en ética que se define como consecuencialista: cree que las acciones deben juzgarse por sus consecuencias. No sueña con utopías ni hace propuestas revolucionarias. Parte del sistema en el que vivimos, y aporta propuestas que mejoran vidas.
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