Hay un instante preciso, justo cuando el avión toca pista en el destino estival de turno, en el que el pacto de veracidad que ya a duras penas mantenemos con el espejo de casa también se va de vacaciones. De repente, el pragmatismo que rige el armario doméstico —ese uniforme más o menos calculado que se adapta a las vicisitudes del quehacer diario— salta por los aires. En su lugar, la maleta escupe una colección de túnicas vaporosas, linos que se arrugan con solo mirarlos y sombreros de paja de dimensiones extraordinarias. No, no se trata de ropa para vestir; son prendas para disfrazarse de uno mismo en modo deslocalizado (fuera de lugar, esto es). He ahí la cuestión: ¿por qué al cruzar una frontera geográfica decidimos ataviarnos como si fuéramos extras despistados de El talento de Mr. Ripley, Mamma Mia! o Sexo en Nueva York?
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