Por los pasillos de una Sala Apolo vacía palpitan las mil y una noches de fiestas sin compasión mientras Marc Gili y Belly Hernández se ayudan mutuamente a prepararse en un camerino que, después de tantos conciertos de Dorian en tan emblemático local barcelonés, se conocen de memoria. Con cuidado mientras comentan asuntos cotidianos, los dos miembros de Dorian, como ajenos a su propia historia, se retocan para una sesión de fotos dentro de una sala que a finales de los años noventa vio nacer al grupo con el que elevaron al indie nacional a un lugar privilegiado de reconocimiento y exposición masiva. “Para todos los que veníamos aquí, la música era lo más importante”, asegura Marc Gili, cantante y compositor. “¡Madre mía! ¡Si es que nos podíamos pasar de fiesta en esta sala viernes, sábado y domingo!”, exclama Belly Hernández, teclista. A lo que añade Gili: “Se vivía el momento y había una militancia real y un compromiso con el underground, sin postureo. De las muchísimas noches que pasamos bajo estos techos, destacaría el ambiente de libertad vital y creativa”.
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