Carmen Cerrato llevaba 30 años sin visitar a su madre simplemente porque a su marido no le gustaba. Madre e hija vivían en el mismo pueblo, pero Francisco Lucena, su marido, un albañil de 58 años, había conseguido a fuerza de palos y amenazas que Carmen, cuatro años menor que él, se fuera apartando de su familia. Un día, sin embargo, la mujer rompió la prohibición. Fue a casa de su madre y después le hizo una visita a su hermana Rosario. “Yo creo”, dijo Francisco, el mayor de los seis hijos del matrimonio, “que mi madre fue a despedirse. Por fin había decidido separarse de mi padre y de alguna manera sabía lo que estaba a punto de pasar”. Dos días después, Francisco Lucena agarró una escopeta con los cañones recortados y mató en Osuna (Sevilla) a su esposa y a su hija Carmen, de 34 años, embarazada de tres meses. Luego llamó por teléfono a sus hijos, los insultó y les dijo que ahí tenían su “herencia”, se pertrechó en su casa y se administró un disparó que lo dejó tuerto, pero con vida.
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