De dos de los momentos televisivos que están ligados a mi infancia lo que más recuerdo no son las imágenes en la pantalla, sino los momentos que vinieron a continuación. El primero fue una gran alegría, el segundo, una decepción. Era agosto de 1992 y, por las horas, debía estar jugando con mis amigos al boti boti, al pañuelo o algo similar. Pasaba el verano en El Palmar (Cádiz), en una parcela en la que se distribuían 11 pequeñas casas construidas poco tiempo antes y en las que no había electricidad. Así que la única televisión de lo que nosotros llamamos la comunidad era la de nuestro vecino Emilio, que funcionaba con batería.
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