Les he dicho a mis amistades que, si muero en alguna circunstancia noticiable, cuenten al medio que se tercie que no era demasiado agradable, tampoco alegre y extrovertida ni muy trabajadora, lo justo. Sería un perfil tan real como inusual. Siempre que fallece alguien, es la mejor persona, un pilar de la sociedad al que todos lloran, así su relación con el finado se limite a que un día se lo cruzaron en Simago. Echen un vistazo a la prensa local; no falla, tras cada tragedia llegan los testimonios plagados de lugares comunes que corroboran que en España se entierra muy bien y que “siempre se van los mejores”. Aunque es estadísticamente imposible que todos los muertos sean un dechado de virtudes. No puede ser que los que escuchan música sin auriculares en el transporte público o los que tiran el cartón en el cubo del plástico sean inmortales. Por no hablar de los criminales. Claro que siempre hay alguien que te quiere por miserable que seas. La infanticida Ana Julia Quezada encontró novia desde la cárcel, también el rey del cachopo, que asesinó y descuartizó a su anterior pareja. ¿En qué piensa esa gente?
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