Dice Chabe Soler (Castellar, Valencia. 46 años) que a estas alturas de la película puede leer los arroces sólo con mirarlos. Que si les haces “mimitos” a los granos, les das cariño y les prestas algo más de atención que la de simplemente echarlos en la paella, el cereal te acaba abrazando y te devuelve ese cariño en forma de sabor. Asegura que el arroz está vivo cuando lo cocinas y le gusta que “lo achuchen y lo acunen” porque si te despistas un poco, te vuelve la cara. Son algunas de las conclusiones a las que ha llegado esta cocinera valenciana, reconocida en el panorama gastronómico de la Comunitat como una de las referentes en un mundo tan emocional como el de la paella, después de casi treinta años cocinando arroces. “Podría hacer las paellas de espaldas”, dijo un día de ella el también cocinero valenciano Ricard Camarena. Y Chabe se ríe cuando lo recuerda porque sabe que lo suyo con el arroz no sólo es amor. Es casi obsesión. Un ritual en el que encontró pronto una manera de volcar su energía, diseñar un método disciplinado y llevar a la cocina casi un protocolo con el que conseguir destruir un mito que recae sobre este plato: que es difícil de preparar.
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