El otro día, Israel Aguilar y Sergio Aires, dos principiantes en el oficio recién salidos de la Escuela de Periodismo de este periódico, me pusieron en mi sitio. Estaba aquí la senior tan ufana poniendo en página un careo con el artista Jorge Drexler en el que se me había negado a “opinar públicamente sobre política y a opinar, en general” por considerar “un acto de soberbia pensar que, por escribir canciones, se debe opinar de todo”, cuando me topé con otra entrevista reciente, realizada por los antedichos becarios para su trabajo de fin de máster, en la que Drexler no solo les había opinado de todo y por su orden, sino, que encima, lo había hecho por correo electrónico. Mira, qué hostia, que dijo Rita Barberá, que en paz descanse, al perder la alcaldía de Valencia. Primero, les odié a todos, claro. A Drexler, por despecho: ¿por qué con ellos sí y conmigo no? A Aguilar y a Aires, por envidia: habían sabido sacarle a la fuente a distancia el petróleo que yo no supe extraerle en vivo. El cabreo me duró hasta que me rendí a la evidencia. Cada persona, por muy personaje que sea, tiene el derecho, que no la obligación, de mojarse en lo que quiera y con quien quiera, o a no mojarse en absoluto, lo que no deja de ser otra forma de empaparse hasta las cejas. Pero también la obligación de aceptar las críticas por hacerlo y por no hacerlo.
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