Vivir del miedo a Vox es otra de las muchas maneras de vivir de Vox. De ahí que quienes aspiran a extraer un rédito del ascenso de la extrema derecha insistan en calificarlos, casi por inercia litúrgica, como fascistas. En un país en el que a un político tan inane como Albert Rivera se le llamó “falangito”, no cabe esperar que la palabra fascista perturbe en exceso a nadie. Ese desgaste semántico, conviene recordarlo, es obra de quienes emplearon el término con alegre impunidad hasta agotar la eficacia de la palabra. Una estrategia en la que colaboraron, por cierto, personas tan inteligentes como Umberto Eco.
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