Oíd la triste historia del rentista atribulado,
que tiene cuatro viviendas y vive muy preocupado.
No duerme el pobre tranquilo, ni conoce ya descanso:
tres pisos le dan dinero, y en el cuarto está instalado.
Tiene miedo a los impuestos, al Gobierno y al juzgado,
a que un pobre no le pague, a que regulen el mercado.
Escuchad bien sus lamentos, ¡no seáis desalmados!.
“No soy fondo ni soy buitre, soy un hombre trabajador.
Si cobro mil cuatrocientos es porque ese es su valor.
Compré con mi trabajo, con esfuerzo y privaciones,
así que ahora no vengáis a tocarme los cojones.
¡La propiedad es sagrada! Eso no admite cuestión.
Mis pisos me han costado sangre, sudor y un riñón.
Bueno, uno fue de mis padres, que en paz descansen los dos.
Otro, de un tío mozo viejo, que al morirse me lo dejó.
Pero los otros dos, míos, esos sí que me costaron,
diez millones de pesetas por cada uno me soplaron.
Fue allá en el noventa y siete, cuando había que trabajar.
Yo hice un esfuerzo tremendo: los tuve que escriturar.
Dicen las malas lenguas que vivo sin doblar el lomo,
¡si supieran lo que cuesta llevar las cuentas de lo que cobro!
Pongo el piso en Idealista y comienza la oposición:
nómina, vida laboral, avalista y selección.
Tres meses por adelantado, seguro y comunidad.
La basura va, claro, por cuenta de quien la vaya a generar.
Yo ya pongo la vivienda, no pidáis más sacrificios,
bastante hago permitiendo que viváis en mi edificio.
Y todo esto, amigos, sin ninguna protección.
¿No habéis visto en la tele lo que pasa con la okupación?
Cada día miro la cuenta, por si han hecho el ingreso:
¿os parece poco trabajo estar pendiente de eso?
También cumplo una labor que jamás se me agradece:
tengo un piso con tres cuartos, y en cada cuarto, una gente.
Tres familias de inmigrantes compartiendo habitación,
con sus turnos de cocina y sus turnos de salón.
Y ahora vuelven a Sol, otra vez movilizados,
los perroflautas de siempre con sus carteles alzados.
Hace quince años decían que una casa no tendrían,
ahora tienen el detalle de pedir que cobre menos por la mía.
Antes querían ser propietarios, hoy les basta con alquilar.
Pobre hasta para pedir se ha vuelto esta juventud de ciudad.
Si en Madrid no les alcanza, que se vayan a Ciempozuelos,
Parla, Pinto o Valdemoro, ¡hay sitio de sobra en los pueblos!
Aparecen, además, con el catecismo rojo:
poner topes, fijar precios, y tocarme lo que cobro.
Quieren profanar lo sagrado, la propiedad, sacrosanta.
Con soluciones que, por valer, no valen para nada.
Pues si me topan la renta, ahora me enfado y no alquilo.
Saco mis pisos del mercado, y a ver quién les da cobijo.
De nuestros gobernantes, la verdad, yo no puedo quejarme:
el PSOE lleva ocho años intentando no incordiarme.
Me ofrecen bonificaciones, me piden solidaridad,
quieren soplar la burbuja y sorber la indignación popular.
Y ahora, con las urnas cerca, dos decretos de ocasión:
ocho años para el problema, dos semanas para la solución.
El PP y Vox lo tienen más claro: construir sin intervenir.
Cuantos más pisos levanten, más pisos podré adquirir.
Los sindicatos, mientras tanto, después de años de aplaudir,
han descubierto de repente que también toca salir.
Se suman ahora a una huelga con grandísima indignación,
pero no va contra el Gobierno sino contra la oposición.
Que protesten en la plaza, que gobierne quien gobierne:
unos gritan, otros legislan, pero a mí nadie me muerde”.
Mientras las casas den dinero y no cambie la función,
que sigan con el teatro: ¡larga vida al rentón!