Decía el filósofo y crítico cultural británico Mark Fisher que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. A la moda, desde luego, ni se le ocurriría concebir lo segundo. Cosas de su propia naturaleza. Y, sin embargo, ahí tenemos a la hija predilecta del capital (según sentenció otro pensador insigne, el sociólogo y economista marxista alemán Werner Sombart), intentando matar al amantísimo padre en cuanto se le pone a tiro. Por ejemplo, y sin ir más lejos, a finales de la década de 1990, cuando los jóvenes vieron colapsar las dos grandes promesas de seguridad del siglo XX: el estado de bienestar y la estabilidad financiera. En un contexto de precarización laboral-existencial y especulación urbano-inmobiliaria parecido al actual, ciertos creadores respondieron entonces a la situación con un alarde no tan insospechado de lógica social y conciencia de clase: ante la imposibilidad de poseer un espacio en la ciudad, el cuerpo se convierte en la única propiedad a habitar. No, la moda no es esa tontuna frívola que les pasa a unos pocos privilegiados. Al menos no cuando olvida su condición de terrateniente y decide subvertir el negocio.
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