Jordan Díaz ya era un misterio en sí mismo antes de enredar su vida en otro más. Su clase única, su talento innato de saltador de triple, su perezosa carestía competitiva, su llegada desde La Habana a Guadalajara hace cuatro años, su nacionalización exprés, su fascinación por su entrenador, Iván Pedroso, su melancolía del Malecón, sus cómics manga y sus videojuegos, su rodilla resentida, hacían del campeón olímpico de París un personaje inabarcable, una nebulosa. La última noticia a él ligada —el diario Marca informa, guardándose sus fuentes, de que Díaz abandona a Pedroso y a Guadalajara para irse a entrenar a Estados Unidos, nada menos—convierte la bruma que le rodea en niebla espesa y confusa, imposible de traspasar.
Seguir leyendo