Algunas veces —tampoco tantas, no teman por mi salud mental— he intentado recrear esa reunión de muchachotes medio pijos, medio carentes, más que medio frustrados, treintañeros que una noche de copas se pusieron inesperadamente lúcidos —o, mejor, sinceros— y empezaron a repetir que estaban bien jodidos. Que estaban jodidos, que sus vidas así no despegaban, que eran un fracaso, que ya estaban mayores para seguir haciéndoles recados a unos inútiles con dos años más en el partido, que así iban a terminar como sus jefes, preguntándose si sus secretarias los denunciarían, estirando los gastos, hundidos en la obsecuencia de mediocres. Y más copas y más quejas y la música tachín que se les hace insoportable y uno que dice no, vamos a casa y seguimos conversando tranquis, me parece que tengo una idea, y los demás que se le ríen, tú una idea, pero por falta de mejor alternativa lo siguen hasta su piso de dos habitaciones, cocina comedor y un saloncito con sofá y la tele china pero inmensa y un póster de Alí peleando contra Frazier —eso sí, en un barrio apropiado. Y entonces otras copas —mejores, es cierto, que las del bareto— y las quejas que siguen y uno de los huéspedes que le dice al anfitrión oye tío coño ¿no dijiste que tenías una idea?
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