Entonces éramos relativamente felices. El efecto 2000 había sido un bluf y el mundo cambió de centuria en paz y creciendo. Los efectos del cambio climático se preveían alejados, para las generaciones futuras. El panorama se transformó con rapidez: todo lo que ocurría llevaba a priorizar la seguridad sobre la libertad, desequilibrando ese binomio tan tradicional que define la calidad de una democracia. El terrorismo en Nueva York, Washington, Madrid, Londres, París, etcétera; la Gran Recesión que sustituyó el neoliberalismo por el keynesianismo como sistema de protección. Un día escuchamos rumores sobre un virus en una lejana ciudad china, Wuhan, que se fue acercando poco a poco a cada uno de nosotros y el mundo se paralizó totalmente durante un trimestre dada su extrema mortalidad. Finalmente comenzaron a llegar las guerras, con una peculiaridad: ya no eran, como antaño, conflictos regionales, sino globales. Ahí estamos. En un cuarto de siglo el mundo ha cambiado para siempre.
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