La capacidad de las teorías para hacernos ver aquello que parece ausente, y que puede modificar el mundo, no pasa siempre por describir lo visible; a veces, consiste en crear las condiciones para que algo sea posible, y, silenciosamente, emerja. Cuenta Tim Berners-Lee que cuando presentó la propuesta de lo que hoy conocemos como la World Wide Web, su jefe, Mike Sendall, la describió como “vaga pero emocionante”. La mezcla de escepticismo y curiosidad fue suficiente. La propuesta no fue rechazada ni celebrada: fue tolerada. Y esto permitió que Berners-Lee trabajara en ella silenciosamente en paralelo con sus tareas corrientes en el CERN de Ginebra. Antes de convertirse en la red que habitamos, la World Wide Web fue una hipótesis de organización del conocimiento. Era difícil imaginar entonces cuánto cambiaría el mundo aquella idea todavía imprecisa. Lo que comenzó como una necesidad técnica de orden y estructura terminó por modificar radicalmente nuestra manera de vivir, comunicarnos y pensar.
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