Toda mi vida me ha obsesionado la muerte. Incluso recuerdo cómo descubrí que la muerte existía: yo debía de tener unos cinco años (la edad habitual de ese trascendental entendimiento) y fue leyendo El gigante egoísta, uno de los cuentos que Oscar Wilde escribió para sus hijos. Terminé la historia y comprendí que morirse no era estar en otra habitación o en casa de la abuela, sino que era simplemente no estar, una ausencia total, superlativa. A partir de aquel instante, un mar de oscuridad rodeó la luz de la vida. Desde entonces no creo que haya pasado ni un solo día sin pensar en algún momento en la Ladrona de Dulzuras, como llaman a la parca en Las mil y una noches. Aún más, desde los 16 hasta los 30 años he padecido crisis de pánico, que luego he sabido que están relacionadas con el terror a la finitud. Todo esto suena tétrico, supongo, pero, paradójicamente, creo que hoy me llevo bastante mejor con la idea de la muerte que la mayoría de las personas. Si te fijas bien, no es de extrañar; a fin de cuentas, llevo 70 años reflexionando intensamente sobre ella, intentando perderle el miedo y no diré entenderla (porque desde la vida es imposible entender la muerte) pero sí habituarme a su presencia. He llegado a desarrollar una gran naturalidad en el trato con esta enemiga íntima.
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