Hay comentarios y miradas que funcionan como un puntero láser para hacer sentir una y otra vez a alguien que no pertenece, que siempre será un intruso. Haga lo que haga. Trabaje lo que trabaje o tenga el talento que tenga. En el caso del pequeño Guillaume Diop (París, 26 años), que entró con 12 años a la escuela del Ballet de la Ópera de París, el puntero incidía en “los defectos” que suelen señalarse a bailarines negros y mestizos: muslos gruesos, trasero con volumen y pies planos. A Diop, que a los cuatro años se coló en la clase de baile de su hermana y se quedó colgado de la danza, llevaban toda la vida machacándole con las tres maldiciones. Hasta que se lo creyó: su cuerpo debía estar bajo vigilancia y corrección. Por otra parte, qué hacía él allí, en el Ballet de la Ópera, donde nunca se había visto un Romeo o un príncipe Sigfrido que no fueran caucásicos. Hasta su padre, nacido en Senegal y empleado de Aeroméxico, se lo hizo ver (su madre es francesa y trabaja como funcionaria en el Ayuntamiento de Gennevilliers, al noroeste de París).
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Estilismo:
Juan Cebrián.
Maquillaje y peluquería:
Stéphanie Rossi & Sacha Massimbo (Forward Artists).
Producción:
Cristina Serrano.
Producción local:
Silvana Lastra (247 Plus).
Asistentes de fotografía:
Théophile Parat y Marc Fournier.
Asistente de estilismo:
Carmen Cruz.
Agradecimiento:
Ballet de la Ópera de París