Acabé en urgencias psiquiátricas por agotamiento y un ataque de ansiedad. No era mi primera vez. Esta vez, para mi sorpresa, no estaba sola: tres personas esperábamos para ser atendidas y una de ellas en estado especialmente grave. En esa sala nadie preguntaba demasiado. Cada uno sostenía lo suyo como podía. Cuando me tocó entrar a consulta, uno de los pacientes preguntó, muy sorprendido, a mi acompañante cómo podía “una chica guapa” estar allí, como si se tratara de un error. Ese comentario me confirmó algo que seguimos pensando: que el malestar tiene una forma reconocible, que se nota, que se ve venir. Que no encaja con alguien que trabaja, que cumple, que parece estar bien. Pero ese día estábamos todos allí. Personas distintas, con vidas distintas, esperando en la misma sala. A veces no se ve. A veces no se nota. Y, aun así, está.
Seguir leyendo