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OnAir España
Los tiempos pasaron a ser inequívocamente modernos cuando a nadie le podía caber ya ninguna duda de que la física había destronado a la teología como reina de las ciencias. Mucho puede discutirse sobre si ese reinado se mantiene y sobre si, por tanto, seguimos siendo modernos o no, pero hay una manera muy tranquilizadora de despachar la cuestión: basta con proclamar que las ciencias, democráticas de por sí, casan mal con la metáfora de un Gobierno monárquico y rehúyen toda jerarquía. Ellas son —se dirá con la altisonancia de quien afirma algo que lo consagra como persona razonable— ciudadanas iguales y libres de la república del conocimiento, y el auditorio aplaudirá a continuación, aunque quizá lo haga con invencible tedio. No faltará quien sospeche que todos esos redobles de tambor son el ruido con que se incordia para celebrar que las ciencias estén sujetas al señorío tecnológico, incluida la única que no parece ser sierva de nadie, a saber, la que Thomas Carlyle llamó la dismal science: ni siquiera, en efecto, la ciencia lúgubre de la economía se libra de estar gobernada por las máquinas que tantos favores le deben.
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Víctor de Aldama sabía que había expectación por su declaración este miércoles en el Tribunal Supremo. Él y su entorno se habían encargado de generarla desde hace días, avanzando que tenían munición nueva y que iba a apuntar alto. Con todos los ojos puestos sobre él, el empresario se ha […]

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