Sumido en la deprimente lectura de las noticias, una captó poderosamente mi atención: “La caracola vampiro (Cumnia intertexta), elegida molusco del año 2026”. Por fin una historia de interés humano, me dije. Porque esto dice más de los humanos que han elegido a este bicho que del bicho en sí, que vivirá en la ignorancia de semejante honor. Es una cosa científica, imagino que loable, pero tienen que recurrir a estas fórmulas hollywoodienses, que infestan hasta una cena anual de registradores de la propiedad en provincias y ya llegan hasta el fondo marino. Imagino que allá en las profundidades la vida discurre ajena a estos desvelos mundanos, submarina, silenciosa, seguramente aburrida, aunque la caracola vampiro le da vidilla, pues están de moda los vampiros, los zombis y todo lo que evoque la presidencia de Trump. Este molusco del año actúa de la siguiente manera: repta por el fondo del mar, se acerca a un pez mientras duerme, saca una especie de trompa, le chupa un poquito de sangre y luego se va. La discreción, el sigilo, son esenciales en su trabajo, y a eso voy: sabiendo esto, ¿van y le hacen molusco del año para que se entere todo el mundo? Esto en el mar no lo sabía nadie y ahora no se habla de otra cosa. El molusco del año va a tener un año muy difícil, ya se lo digo, no podrá acercarse a nadie, la fama repentina le ha destruido. Es un muñeco roto.
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