Desde que el estructuralismo diagnosticara, allá por la década de los sesenta del pasado siglo, la muerte del sujeto, este no ha hecho más que acreditar, contra viento y marea, que gozaba de una mala salud de hierro. Porque la supervivencia de la categoría en modo alguno puede interpretarse en clave de que haya refutado cuantas críticas ha ido recibiendo desde entonces, sino más bien que ha conseguido sobrevivir, mal que bien, a la mayor parte de ellas. Pero por supuesto que se ha ido dejando pelos en la gatera, y ya no tiene caso reivindicar, a modo de fundamento de la subjetividad, aquel viejo concepto de hombre del humanismo más clásico, concepto del que ya no nos sirve ni la misma palabra.
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