En la edad Media, el centro histórico de Santiago de Compostela estaba protegido por una muralla circular con siete vías de acceso que comunicaban la ciudad con el rural. El Arco de Mazarelos es la única entrada que se conserva y por la que, según relata el Códice Calixtino, “llegaba a la ciudad el precioso Baco”, es decir, los vinos de las comarcas de Ulla y Ribeiro. Justo allí, casi asomándose, se encuentra Xénese: un bar de vino, sidra y agua. “Para nosotros fue una casualidad bonita porque es como volver al origen del vino; todo está conectado”, cuenta Marta Costas (Vigo, 1992) sobre su proyecto más personal. A través del mismo demuestra que se puede hacer un gran trabajo de sumillería –creativo, reflexivo y coherente– sin pertenecer a un restaurante gastronómico. Lo dirige con su pareja, Diego Vecino (Santiago de Compostela, 1980), con más de 20 años de experiencia en el mundo del vino independiente y cofundador de la distribuidora Viños Vivos en 2015 junto a a César Mirás, a la que se sumó unos años más tarde el sumiller Adrián Guerra.
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