Aún recuerdo cuando una ministra se atrevió a hablar en el Congreso de los Diputados de la cultura de la violación. La osada que logró poner en lo más alto de la agenda gubernamental el grave problema de la misoginia explicó que una campaña autonómica promovía dicha cultura: en sus carteles se aconsejaba a las mujeres no ponerse pantalones cortos para salir a correr por las noches. El uso en sede parlamentaria de una expresión tipificada por la ONU cuyo significado muchos no conocían escoció mucho más que el hecho de que un partido constitucional volviese a insinuar que si una señora no quiere ser violada al caer el sol no debe mostrar las piernas. Cada vez que aquella política abría la boca, se echaban las manos a la cabeza los defensores del decoro porque ocupar las instituciones exige modales y decir palabrotas es caca. Están los manuales de buenas maneras llenos de normas higiénicas que en el fondo no buscan cuidar la salubridad sino garantizar que los pobres no pueden entrar en los mismos salones que los ricos y de protocolos pensados para que no acceda gente nueva al reino de los de siempre. La solemnidad es muchas más veces un instrumento que los cobardes emplean para asegurar el statu quo que un verdadero dispositivo cívico.
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