Siempre me ha fascinado la dualidad con la que los niños pequeños afrontan las novedades. Sus ojos brillan atraídos por lo desconocido y se lanzan curiosos a descubrir, pero al mismo tiempo les cuesta cambiar rutinas, compañías o entretenimientos y se aferran a lo familiar, a lo seguro. Ahora lo veo todo el tiempo en mi hija, que lo mismo explora con entusiasmo, preguntando sin parar sobre la novedad de la que quiere aprender todo, que se resiste con fiereza radical a ver una película nueva, a escuchar una canción desconocida. Hasta que la canción suena, la película empieza y fascinan a mi peixiña. El entusiasmo aparece de nuevo y si le gusta lo suficiente, sonará y sonará. Lo nuevo se convierte en conocido a base de repeticiones y se queda en el catálogo de favoritos como si siempre hubiera estado ahí.
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