La narrativa en boga sostiene que hay dos crisis seguras acercándose peligrosamente. La primera de ellas da por hecho un cambio de Gobierno por la formidable inestabilidad política, combinada con los escándalos alrededor de Pedro Sánchez. Es curioso, España crece el doble que el resto de Occidente —¿no era la economía, estúpido?—, y para inestabilidad ahí está Francia, con sus ocho primeros ministros en ocho años, o Reino Unido, con seis en seis años, o Alemania, con una crisis de modelo que asusta. Y es curioso: hay algunos casos de corrupción con fuste, aunque también hemos tenido el del fiscal general del Estado, una vergüenza que obliga a pensar en una fea enfermedad llamada lawfare, y los protagonizados por un puñado de jueces. Demuestran que la justicia, o al menos ciertos sectores de la judicatura, no es ciega sino tuerta (del ojo derecho), tiene un serio problema con el sintagma doble rasero y baila, de la mano de algún que otro instituto armado, al son de la melodiosa frase “el que pueda hacer, que haga”, de aquel expresidente que mintió como un bellaco con Irak y el 11-M.
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