Un soldado no muy mayor, pero ya veterano y que acumula miles de hora de vuelo, camina por una base dedicada a la defensa aérea. Tiene poco más de 50 años. Gafas de estudiante y traje profesional con la cremallera subida, aunque se ve la camiseta interior verde bélico. Ahora vive en Alemania, en Ramstein —la mayor base que Estados Unidos tiene fuera de su país—, y su misión fundamental es garantizar la seguridad en el aire de una Europa que, en su flanco este, aunque nos parezca remoto, no es que se sienta amenazada, sino que está realmente atacada por Rusia: sufre desde una guerra convencional hasta una guerra híbrida. Él se llama Jason T. Hinds y pilotó diversos modelos de caza (incluido el F-15 y el F-22). De una academia en Oklahoma, ascenso tras ascenso, ahora está inspeccionando una de las bases europeas que opera bajo su control. Se para para hacerse una foto de grupo con otros altos mandos de diversos países. A su lado, Juan Pablo Sánchez de Lara, teniente general que ejerce de anfitrión de esta reunión semestral de trabajo de la OTAN porque dirige el Centro de Operaciones Aéreas Combinadas de Torrejón de Ardoz. Al fondo de la imagen, en la fachada de un edificio feo y funcional de pared azul, el escudo que identifica este Centro de Operaciones: un castillo medieval sobre unas olas, porque el Mediterráneo no queda tan lejos, y tres flechas que salen de una de las torres y que simbolizan tres estilizados aviones. Aunque no es una academia y Pete Mitchell Maverick no está ni se le espera, la escena podría pertenecer a una secuela de Top Gun porque entendemos este mundo a través de la imagen que Hollywood nos ha enseñado. Pero es real, está aquí y es la OTAN.
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