Adiós, cielo azul, llegó la tormenta de fuego. El límpido firmamento de las montañas del sur de Ávila se oscurece. La pira funeraria de los bosques ardiendo se eleva a velocidades y densidades insólitas. Las nubes estrangulan al sol y sumen a Casavieja (1.500 habitantes) en la noche prematura a las seis de la tarde bajo un filtro naranja y negro. El diabólico incendio que repta desde las montañas quiere engullir el pueblo. Lanza rachas anárquicas que hacen bailar la dirección del frente, caos para los bomberos profesionales y voluntarios que corren como hormiguitas y extienden mangueras entre pavesas volando, vientos aullando, árboles crepitando en su último estertor y el rugido de la bestia cual destructivo mar de fondo. Misión: que el pueblo no entre en otro círculo del infierno de fuego que arrasa España.
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